De cosas como esta uno se entera a través de los amigos, ¿vio? En este caso, por mi amigo Craig Holiday Haynes supe que Billy James se murió el viernes, a los 73 años, de complicaciones de asmático que lo tenían a mal traer. Su mujer, Danita Garrison–Lyburn, recibe llamadas y condolencias en su departamento de la Av. Larchwood, en Filadelfia, tómese debida nota. Como historias de vida como esa ya no existen y ni se cuentan, capaz que lo único dable sea establecer el recuerdo a manera de buen cimiento.
En el Billy había algo, y lo digo en serio. Algo que te hacía pensar por qué nunca llamaba la atención. Por qué casi nunca se mandaba un solo en la batería, teniendo un estilo que casi, casi, te hablaba en soul. Resulta raro, porque se juntaba con músicos de perfil alto, con gente de la pesada como el legendario Don Patterson. También andaba de juntas con esos músicos go-for-broke como el Sonny Stitt, por ejemplo, porque le gustaba la interacción entre músicos y era de los que te dejaba salirte de rumbo para responderte con picardía en los platos y en los tambores. En eso no era como los bateros de ahora.
Con la mano bien firme se inventaba lo que a vos se te ocurriera y eso no es fácil. A él le encantaba. Se deshacía de lo monótono, de todo lo que sonara a lo mismo, de la facilidad de lo ya conocido. Su batería se encontraba con el saxo del Stitt y juntos se daban de madrazos, pero con alegría, entre iguales. Cuando había tempos bien rápidos, el Billy se las ingeniaba para sonar saltarino y recontra-ágil. Y si no se dan cuenta, a fijarse en el C-Jam Blues de Soul People. Te limpia la pizarra y, durante el solo del Booker, te mete un fill de tres golpes que parece un dedo gordo que finalmente irrumpe bruscamente, acabando de hacer tamaño hueco en la media. Escucharlos es igual que ver una pelea de catch con los Titanes en el ring. Treinta segundos después, el Billy se retira a su posición de esquina, larga el combate y te mira con ojos de "quién, ¿yo?" si vos le preguntas con el ceño levantado, de qué iba semejante tsunami.
Salvo esos impromptus, el Billy es un batero excelente que toca con una discreción de Buena Chica: no te la ves venir y ni te lo esperas, pero el día en que se abre de piernas, se le ve hasta la raya del pelo. Al diablo su mesura; a revolear la chancleta para sonar a ratos como si alguien se estuviese rodando dos pisos de gradas, y otros entregarse a un casi silencio precedido de un redoble único y de un solo golpe. Los resultados son siempre espectaculares.
De lo último que uno se acuerda es de cómo el Billy jugaba con tu conciencia. En Mud Turtle, por ejemplo, dentro de ese disco Brothers-4 de Prestige, su batería inicia el blues a paso lento, como si fuera una liebre con dos caparazones de tortuga encima. El hombre tenía un autocontrol impensable, así que luego te ofrece unas variaciones llenas de sutileza, desprovistas de pretensión. Es que el Billy estaba lleno de pequeños gestos.
Mirá como son las cosas. Quería escribir sobre el Wynton, ahora Chevalier de la Légion D’Honneur, pero me salió el Billy. Es que ya se lo extraña.
Don Patterson, Billy James en la batería y Paul Weeden en la guitarra: "Goin' Down Home"
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