Monday, 23 November 2009

Billy

De cosas como esta uno se entera a través de los amigos, ¿vio? En este caso, por mi amigo Craig Holiday Haynes supe que Billy James se murió el viernes, a los 73 años, de complicaciones de asmático que lo tenían a mal traer. Su mujer, Danita Garrison–Lyburn, recibe llamadas y condolencias en su departamento de la Av. Larchwood, en Filadelfia, tómese debida nota.
Como historias de vida como esa ya no existen y ni se cuentan, capaz que lo único dable sea establecer el recuerdo a manera de buen cimiento.
En el Billy había algo, y lo digo en serio. Algo que te hacía pensar por qué nunca llamaba la atención. Por qué casi nunca se mandaba un solo en la batería, teniendo un estilo que casi, casi, te hablaba en soul. Resulta raro, porque se juntaba con músicos de perfil alto, con gente de la pesada como el legendario Don Patterson. También andaba de juntas con esos músicos go-for-broke como el Sonny Stitt, por ejemplo, porque le gustaba la interacción entre músicos y era de los que te dejaba salirte de rumbo para responderte con picardía en los platos y en los tambores. En eso no era como los bateros de ahora.
Con la mano bien firme se inventaba lo que a vos se te ocurriera y eso no es fácil. A él le encantaba. Se deshacía de lo monótono, de todo lo que sonara a lo mismo, de la facilidad de lo ya conocido. Su batería se encontraba con el saxo del Stitt y juntos se daban de madrazos, pero con alegría, entre iguales. Cuando había tempos bien rápidos, el Billy se las ingeniaba para sonar saltarino y recontra-ágil. Y si no se dan cuenta, a fijarse en el C-Jam Blues de Soul People. Te limpia la pizarra y, durante el solo del Booker, te mete un fill de tres golpes que parece un dedo gordo que finalmente irrumpe bruscamente, acabando de hacer tamaño hueco en la media. Escucharlos es igual que ver una pelea de catch con los Titanes en el ring. Treinta segundos después, el Billy se retira a su posición de esquina, larga el combate y te mira con ojos de "quién, ¿yo?" si vos le preguntas con el ceño levantado, de qué iba semejante tsunami.

Salvo esos impromptus, el Billy es un batero excelente que toca con una discreción de Buena Chica: no te la ves venir y ni te lo esperas, pero el día en que se abre de piernas, se le ve hasta la raya del pelo. Al diablo su mesura; a revolear la chancleta para sonar a ratos como si alguien se estuviese rodando dos pisos de gradas, y otros entregarse a un casi silencio precedido de un redoble único y de un solo golpe. Los resultados son siempre espectaculares.

De lo último que uno se acuerda es de cómo el Billy jugaba con tu conciencia. En Mud Turtle, por ejemplo, dentro de ese disco Brothers-4 de Prestige, su batería inicia el blues a paso lento, como si fuera una liebre con dos caparazones de tortuga encima. El hombre tenía un autocontrol impensable, así que luego te ofrece unas variaciones llenas de sutileza, desprovistas de pretensión. Es que el Billy estaba lleno de pequeños gestos.

Mirá como son las cosas. Quería escribir sobre el Wynton, ahora Chevalier de la Légion D’Honneur, pero me salió el Billy. Es que ya se lo extraña.

Don Patterson, Billy James en la batería y Paul Weeden en la guitarra: "Goin' Down Home"



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Sunday, 15 November 2009

De Sonny para Coleman

Fueron fuertes los años ’60. Como un maquinista enloquecido que hubiese gustado de meterle a fondo al acelerador sólo para probar el sabor de la velocidad. Los jugadores, las putas, los proxenetas, los drogadictos, los músicos, los actores: todos tenían su pedazo de década, descolgado como de entre nubes de toda clase de humo. Se dice de los protagonistas de esa década, que jugaban, que hacían música y actuaban con el corazón, no con las manos. Lo demás eran daños colaterales.
En ese tiempo en que las cosas te entraban a fondo y por montones, un 13 de octubre de 1962, el Coloso escuchó y vio a su ídolo. El Village Gate del Village vibraba a reventar con el saxofón tenor de Coleman Hawkins. Un joven de nombre Sonny
fue a verlo. Y, viste, en esa época si eras nene te llamabas Junior, si eras jovencito te decían Sonny y diez de cada diez chicos se volteaban para responder si uno gritaba “¡Sonny!” fuerte y en Greenwich Village. Y ahora hacé silencio, porque comienza la historia de la carta que un joven le escribió a su ídolo.
Sonny Rollins se quedó mudo en un orapronobis de primer plano y personal escuchando al Hawk. El hijo del marino adoptó a Hawkins como su modelo personificado porque era un hombre, además de músico, que se conducía con una integridad tan pero tan digna de ser ejemplo, que lo mínimo posible de hacer era escribirle.
Le redactó una carta con el corazón, como se hacía en esa época en que todavía la caligrafía era el reflejo de los sentimientos. Los asentó en tres carillas y con membrete propio:
St. Rollins
195 Willoughby Road
(Near Grand)
Brooklyn 5, N.Y.
“My Dear Mr. Hawkins,” comenzaba. La letra es la de alguien que sabe exactamente lo que va a poner sobre el papel y lo hace sin primeros borradores.
I
“¡Su reciente presentación en ‘The Village Gate’ fue magnífica!! Además del hecho de que usted ha mantenido una posición de dominio y liderazgo en el área altamente competitiva del ‘Jazz’ durante el lapso en que lo ha hecho, persiste un hecho aún más significativo: que el logro musical probado denota y es subsidiario a la firmeza personal e integridad. Hay muchos jóvenes de gran potencial y habilidad demostrada quienes, desafortunadamente, no han sido ‘HOMBRES’ en sus prácticas personales
II
“y fuera del escenario, y que pronto han visto decaer su habilidad para crear música. Tal vez estos tipos nunca entendieron por qué sus habilidades musicales los desertaron tan repentinamente. O tal vez sí supieron qué actos eran constructivos versus aquéllos destructivos pero fueron demasiado débiles y no lo suficientemente hombres como para manejar el curso de sus vidas. Lo cierto es que la integridad, el conocimiento y la virtud son superiores a la ‘música’ como tal. Y el ‘éxito’ está relacionado con la evolución de esas cualidades dentro de cada uno de nosotros. Esto que ha sido positivo y duradero para ti, Coleman, nos honra y es un crédito para nosotros, tus colegas, así como para ti mismo. Has encendido la ‘llama de la aspiración’ dentro de muchos de nosotros y eres el epitome
III
de la superioridad de la ‘excelencia del emprendimiento’ y, al presente, eres la clara imagen del ejemplo a seguir. Siempre ha sido toda una tarea explicar con palabras aquellas cosas que son, por naturaleza, las más profundas y significativas. Es ahora que me has demostrado el motivo por el que te he admirado tanto y durante tanto tiempo. Suerte en tus viajes y quiera la fortuna que pueda escucharte tocar el saxofón tenor en persona nuevamente. Atentamente,
Sonny Rollins

I
“Your recent performance at ‘The Village Gate’ was magnificent!! Quite aside from the fact that you have maintained a position of dominance and leadership in the highly competitive field of ‘Jazz’ for the time that you have there remains the more significant fact that such a tested and tried musical achievement denotes and is subsidiary to personal character and integrity of being.
“There have been many young men of high potential and demonstrated ability who have unfortunately not been ‘MEN’ in their personal and


II
offstage practices and who soon found themselves devoid of the ability to create music. Perhaps these chaps were unable to understand why their musical powers left them so suddenly. Or perhaps they knew what actions were constructive as oppossed* to destructive but were too weak and not men enough to command the course of their lives. But certain it is that character, knowledge and virtue are superior to ‘music’ as such. And that ‘success’ is relative to the evolution of those qualities within us all. That is has been positive and lasting for you Coleman is to the honor and credit of us, your colleagues, as well as to your own credit. For you have lit the ‘flame of aspiration’ within so many of us and you have epitomized

III
the superiority of ‘excellence of endeavor’ and you stand today as a clear living picture and example for us to learn from. It has always been a task to explain in words those things which in nature are the most profound and meaningful. Now you have shown me why I though so much of you for so long. Godspeed in your travels and may I be fortunate enough to hear you play the tenor saxophone again in person.
Yours truly,

Sonny Rollins

El tío Sonny comenzó la carta con el debido usteo al Hawk y la terminó con un tuteo cariñoso que le se habrá despertado a medio camino. Al año siguiente, el Newport Jazz Festival los recibió y grabaron juntos ese inolvidable Sonny Meets Hawk.
Han pasado cuarenta y siete años desde que el Hawk recibiera la misiva más contundente que cualquier músico de jazz le pudiese haber mandado, rubricándola con una mancha de tinta grande y redonda a manera de sello personal.
El Coloso se acuerda del Hawk porque tenía las mismas cualidades de su propio padre, marino de carrera que había llegado al rango más alto posible para su esfera y que se manejaba con una dignidad más grande que el mundo. El Hawk, que le daba a la música lo que otros se la restaban para dárselo a los pingos y convertirse en pungas. Flor de Hawk. Flor de Coloso.

*escrito así en el original.

Monday, 9 November 2009

Freelance Uan

Mucha trompeta, mucha. ¡Qué color! Todavía se pasea por los jazz joints y va a ver lo que hacen estos chicos de la nueva hornada.
Le dura también una media melena blanca, no como la del león de la Metro, donde trabajó 35 años, pero alcanza.
Y todavía el agua de sus ojos no está fría; parece que también la pasión le alcanza. Ahora le dan premios y le hacen entrevistas. Él, impertérrito, contesta porque llamar a las cosas por su nombre no le cuesta.
Uan Rasey ha sido el epítome de los músicos freelance y actualmente es el epítome del maestro. Hasta hoy anda diciendo a los alumnos más cabezadura que tiene: “Tocá con reverencia. Cualquiera puede tocar a lo bruto. Tocá con tacto. Aunque toques fuerte, tocá con reverencia. Que suene como si alguien te estuviese diciendo algo lindo”.

Tenía porvenir de nene bien, porque el padre era abogado y la madre —Una— que transpuso las letras de su nombre para bautizar al chico, enseñaba piano así que le encajaron un violín en las manos, como debía ser. El chico husmeó el instrumento, a ver qué pasaba. No pasaba nada. La trompeta que se dejaba escuchar en los chops del Cootie, del Pops y el Roy le atraía más que los llanos de su Montana natal. En la década del 20’ escuchaba las transmisiones de radio en cadena allá en Glasgow y rezaba para que le compraran una trompeta. Se la compraron cuando cumplió los siete. Del catálogo de Montgomery Ward le eligieron una con librito de instrucciones y todo. Siguió toque que toque, all chops and no case, hasta ir a dar a la puerta de bandas como la de Sonny Dunham y Bob Crosby. También le dio una buena mirada a la tele, y la tele le respondió con guiños: trabajó en The Jack Benny Show, The George Burns Show, y hasta The Westinghouse Symphonic Hour.
Uno de esos días en que los músicos se agolpan ante una gran reja custodiada, los encargados de una audición le pidieron a Rasey que tocara algo con una manera particular de vibrato. Entre que él tocaba y Raphael Méndez y Miklos Rosza se peleaban, quedó elegido. El score de On The Town lo tocaron él y su trompeta. A Lennie Hayton le gustó la parte jazzera. Desde ese día, Uan tocó para la MGM durante 35 años, ni uno menos.
Lo curioso es que no le gustaban mucho las películas. Nunca se llevó una copia a su casa. “Era trabajo, por lo que a mí tocaba” dice. Lo que sí le fascinaba era el laburo de los artesanos y escenógrafos que creaban las maquetas de tremendos barcos o locomotoras. No le interesaban las pelis en sí, y ya. Su familia, sin embargo, le reclamaba que no tuviera nada salado que contarles.
Tres cosas tuvo y tiene Rasey, por las cuales se ha destacado hasta hoy y a su edad: primero, su destreza para tocar cualquier género musical, desde clásico hasta big band, pasando por un soplido wagneriano. Segundo, su ética de trabajo, esa que le hacía luchar como un titán para conseguirle sentido a la música que hacía. Tercero, y quizás la cualidad que más se le admira, posee un sonido cantarino, resonante y hermoso cuando toca. Ese sonido corona cada momento musical en el que haya participado.
Rasey no se la cree hasta hoy, así que le halla explicación a todo. Si habla del solo en An American In Paris, cuenta que Gene Kelly le pidió que tocara sexy. Así que tocó lo que a su mejor entender era sexy y eso le valió un crédito en pantalla, lo que se extendía con suma tacañería en el Hollywood de esos días. Su explicación es tan racional que se alarga para comparar la terquedad de Fred Astaire, que podía entrar mal en uno de esos four bar breaks e insistir en que era la banda la que se había ido para el lado de los tomates, con la flexibilidad de Gene Kelly, que se habría reído de algo así, siguiendo adelante.
Entre que unos insistían en tracks más jazzeros y otros que pedían cosas más dulces y berretonas, Uan Rasey mantenía sus destrezas técnicas a un nivel alto, como para interpretarlo todo.
Entonces llegó Chinatown. Cuarenta cuerdas, cuatro pianos, cuatro bateros y un trompetista. Eso era todo. Rasey no tenía idea de qué iba la película, así que preguntó cómo, más o menos, querían que tocara. El arreglista Arthur Morton le dijo: “tocála sexy, hermano, pero como si el sexo no estuviera bueno”. Y así tocó. A pesar de esas instrucciones, hay que escuchar los acordes ardientes y obsesionantes que salen de su trompeta y se esparcen por encima de la imagen de apertura y nos recuerdan la voz con rabia helada de Jack Nicholson y esas palabras semi escupidas: “I goddamn near lost my nose. And I like it. I like breathing through it. And I still think that you’re hiding something.”
La antítesis de ese sonido humeante de Barrio Chino es la música de El Alamo, ese clásico sin respiro que nos hizo vivir John Wayne. Ahí hay un aire a mariachi que hace elevar las fosas nasales al viento para oler el pulque o, en el más chic de los casos, el tequila. La trompeta suena común y convencional, pero bajo la jeta de Rasey se convierte en arte. Esos solos incidentales chispean con inteligencia y le añaden una dimensión de emoción al escenario visual de la película.
Uan Rasey tocó con la pesada de los músicos. Conoció a Leonard Bernstein, a Eric Leinsdorf, a John Williams, a Dmitri Tiompkin y a Miklos Rosza. Se las vio con Alfred Newman, con Leopold Stowkowski, con Andre Previn, y Adolph Deutsch. Se hizo amigo de gente como Billy May, Nelson Riddle, Zubin Mehta, Felix Slatkin, Leonard Slatkin, John Green, Lennie Hayton, sólo para largar algunos nombres.
El dice haber aprendido de todo con ellos y que por eso los músicos, esa raza peligrosa, tienen más suerte que dios ya que se fuerzan a pensar en abstracto, a percibir antes de tocar, a leer la música antes de interpretarla para saber qué corno hacer la primera vez que la tocan. ¿Y después? Mucha gente le ha preguntado qué se hace después de todo eso, cuando ya se sabe de música un pedazo.
Rasey repite: “Es sólo trabajo. Se hace lo mejor que se puede y luego uno se va a la casa”. Listo.

Thursday, 29 October 2009

Historia de un visitante

El visitante IP 67.241.37.198 proveniente de Ithaca, Nueva York aterriza en La Lola desde hace un año, con precisión de medicamento recetado: cada 12 horas.
Si hay o no un post nuevo no interesa; la visita es fija, casi métricamente puntual: 23:39:35 del día 27 de octubre; 13:05:32 del 28; 00:07:44 del 29, por ejemplo. Cada día, todas las semanas del año. El 29 de octubre hizo una excepción: ingresó también a las 17:08:41, vía
http://webmail.cornell.edu/squirrelmail/src/read_body.php?passed_id=128894&mailbox=INBOX&sort=6&startMessage=1&show_more=0;
es decir, desde el webmail de la Universidad de Cornell en Ithaca, aunque el IP venía de Fort Lake, Florida.
Lo que busca con semejante regularidad elude los alcances de análisis de quien lleva un blog.
A veces, las obsesiones de otros nos hacen preguntarnos sus motivos. Otras, no nos importan para nada, pero está bueno hacerles saber que se las conocemos… y muy bien.

Tuesday, 20 October 2009

His Navel Is As Deep As A God's Eye

Nada hubiese sido más placentero que estar en la presentación el domingo por la noche. Los planes estaban hechos hacía semanas. Llegar a Cochabamba al amanecer, patear latas por El Prado hasta una hora decente y, luego, llamar a las amigas y amigos para disfrutar de su compañía y compartir la Feria del Libro.
Resultó una alegría saber de la bonanza que atraviesa la industria del transporte terrestre y aéreo, pero la cosa puede también jugar en contra: no había un solo lugar en los buses porque todo estaba vendido desde el sábado muy temprano. El domingo en la mañana, igual o parecido. Aeropuerto: vuelo lleno a primera hora. Terminal: buses enteros reservados. Sólo había espacio a partir del mediodía lo que significaba quince horas de viaje, ida y regreso, para estar cinco minutos en la Feria.

El libro de flash–fiction en inglés His Navel Is As Deep As A God's Eye se presentó nomás "sin migo", pero bajo el sello editorial de Yerba Mala Cartonera.
Yerba Mala Cartonera que no es un nombre ni una editorial solamente, son Claudia, Aldo, Gabriel, Lourdes, Roberto y Darío, personas fantásticas encontradas dentro de esta trayectoria literaria que uno va construyendo cada día. Con ellos se aprende todo un pedazo: espíritu de emprendimiento, dedicación y arriesgarse por algo en lo que se cree; en este caso, la literatura nacional como clave para el desarrollo comunitario, pero también individual.
Otro de los privilegios ha sido ser parte de una de las antologías de YMC, Las Adelas, cuya repercusión por el trabajo de difusión que le han dado los editores le deja a uno con la boca abierta. El libro es un best-seller por derecho propio. ¿Más? YMC lanza su catálogo de literatura boliviana
escrita en inglés con His Navel Is As Deep As A God's Eye.
¿Por qué inglés? Poco amable contestar una pregunta con otra, pero: ¿por qué no? A ver: desde que uno aprende a leer se topa con expresiones en inglés. ¿O nunca les ha pasado que, cuando aprendían a leer y miraban los letreros de la calle, las marcas de las radios o televisores, los botones de estos aparatos estaban escritos en inglés? De lo que más se acuerda una es de los famosos On, Off y Volume. Esa curiosidad hace que algunos aprendan inglés a la par que castellano de modo que ambos idiomas, más tarde en la vida, vienen a ser una suerte de tarjeta de American Express: no se sale de la casa sin ellos.

Escribir en inglés es exactamente tan difícil como es escribir en castellano. Siempre hay más de una docena de maneras de decir algo, y el quid del asunto está en averiguar cuál es la mejor. Entonces, por ese lado, el reto es el mismo. Sin embargo, el reto más serio ha sido para His Navel Is As Deep As A God’s Eye: ¿cómo y dónde publicarlo?
Es verdad, está el blog pero —¿es lo mismo? No, ni ahí. Ver este libro entre dos tapas, con un prólogo —va el agradecimiento a Heather Joffe por haberlo escrito— es ya un gran paso literario, y eso es todo lo que importa.

Si el ombligo de un hombre puede ser tan profundo como el ojo de un dios, entonces la literatura puede romper con las barreras del idioma y hacerse de la manera en que mejor se sienta alguien al escribirla.

Eso nada más.

Saturday, 10 October 2009

El gordito que te explicaba el Blanco y Negro

En 1985 había una serie de televisión —Moonlighting— que sólo veías si sabías quién era Cybill Shepard. Exactamente: era la rubia que azotaba puertas y, por qué no, de vez en cuando también los cachetes de su coestrella, un actor no tan chico pero que a su lado se veía con dientes de leche.
El creador de la serie, Glenn Gordon Caron, era de los que no te recibía un “no” por respuesta. Ni por pregunta. Hacía lo que se le cantaba y después les doraba la píldora a los de la Cadena ABC. El primer “no” que se pasó por el forro fue el que acompañaba la contundente advertencia de la cadena para que ni se le ocurriera contratar al actor que él quería para el papel de David Addison, el número dos del dúo dinámico de Moonlighting. Él fue y le hizo la prueba a Bruce Willis lo mismo… el resto es historia.
El segundo “no” que desoyó aunque
las orejas le funcionaban una pinturita fue el que iba delante de la instrucción de usar sólo película a color. Desempolvó las viejas cámaras de B&N, se munió de una gruesa de rollos de celuloide y se largó a filmar un episodio llamado The Dream Sequence Always Rings Twice. Con ese título que parodiaba el de El cartero siempre llama dos veces, los ejecutivos de la ABC no sospecharon lo que el pichón de director se traía entre manos. Cuando vieron las latas de película ya reveladas, saltaron de sus asientos de cuero de vaca para tocar el plafón de sus oficinas esquinadas. Medio entre dientes, tuvieron que admitir que el hombre tenía huevos; pero de eso a permitirle mostrar en pantalla un episodio que olía a Raymond Chandler, se titulaba como novela de los años ’40 y no tenía ni pizca de color, había un trecho largo como tren de carga. Le advirtieron que tenía que asegurarle al televidente que su aparato funcionaba perfecto, y que lo dejara meridianamente claro en los primeros cinco minutos del capítulo, ni uno después.
El macizo Glenn tuvo una idea más buena que casarse con millonario viejo y solo: llamó al hombre que había hecho la película de películas en blanco y negro para preguntarle si aceptaría hacer un cameo de un par de minutos en Moonlighting, explicando a la gente que lo que iría a ver no era una pantalla defectuosa.
Para asombro de Caron,
el hombre aceptó y se despachó el guioncito que le habían preparado con el mismo desparpajo de un vendedor de pelapapas: “En esta era de color puerta adentro y de sonido estéreo, el programa de televisión Moonlighting se atreve a ser diferente… así que agarren a la abuela, a los niños y al perro, enciérrenlos en el sótano, y siéntense a mirar”. Así comenzaba su pequeña participación en el show.
Lo que vio el público yuppie además de reaganista fue a un gordito sentado delante de un estante con libros, que explicaba a fondo el anacronismo de presentar un programa en blanco y negro en la cola del siglo XX, cuando ya nadie usaba esos dos colores como no fuera en un casamiento o en un funeral. En el estudio de filmación, la cosa se vivió de otra manera; mientras uno de los asistentes del director se maravillaba para sus adentros de estar viendo a un genio del cine, todos los demás chicos del equipo pensaron exactamente lo mismo y se fueron metiendo en el set, de uno en uno, entre las sombras. Lo miraron y escucharon con reverencia, en silencio, como se escucha el Claro de Luna o un solo de John Coltrane.
La guionista de ese episodio, Debra Frank, se hizo firmar una copia del guión con el gordito para regalársela a su madre, porque ese día —cuatro de octubre— la Mrs. Frank iba de cumpleaños. El viernes diez para ser exactos, el gordito que había aceptado explicarte, medio en serio medio en broma —siguiéndole la corriente al humor de la serie— el fenómeno del celuloide en blanco y negro ante un público que no tenía la más mínima idea de lo que él había hecho antes con esas dos opciones solas, se murió de un ataque al corazón en su casa de Hollywood, bien lejos de su pueblo natal de Kenosha, Wisconsin. Las cámaras de Moonlighting lo perpetuaron una semana antes hablando de lo que más le gustaba: filmar.
El gordito era Orson Welles.

Friday, 9 October 2009

Mathew Street*

En 1969 estalló la Revolución en Liverpool. Desde entonces, la música de los Beatles deambula por el mundo. En 1999, el espíritu de John ha vuelto a la calle Mathew. Dentro de La Caverna lo acompañan Paul, George y Ringo. Los cuatro celebran los treinta años de Yellow Submarine. Yo los escucho, invisible.
Fondo Negro, La Prensa, La Paz–Bolivia; 29 de diciembre 1999

*Posteado en 2009, diez años más tarde, por ser el cumpleaños número 69 de Winston, el Lennon que sólo te contestaba cuando lo llamabas por su otro nombre...